
Debo confesar que siempre me gustaron las películas condicionadas (es decir con la condición de que haya desnudos claro). De chico me he llegado a comprar los VHS; sí en esa época no existía Internet ni los dvd je! Para masturbarme a escondidas.
Ya entrado en la adolescencia, la masturbación en soledad ya no me divertía tanto. La búsqueda de nuevos lugares donde tener sexo me ha llevado a sumergirme en los cines XXX. Es más recuerdo como si fuera hoy la primera vez que ingresé a un cine porno.
Era un viernes casi de madrugada: había terminado de cenar con mis amigos (obviamente en avenida Santa Fe je) y caminaba rumbo a casa. (mis piernas de jugador de fútbol son gracias a todo lo que camino diariamente sépanlo). Un cartel luminoso en el que se leía Cine llamó mi atención y, ni lento ni perezoso (frase moderna si la hay), me dirigí hacia él. Me sorprendí al ver que el cine estaba en una galería y que justamente las películas que pasaban eran condicionadas. Sin pensarlo demasiado, pagué la entrada y entré. Una escalera me conduciría a la sala donde se proyectaba la película. Lo primero que observé al bajarla fue a un hombre sentado en la butaca mientras otro le practicaba sexo oral (por lo que deduje que la película no le había gustado je)
Tímidamente, me coloqué en el pasillo del cine y miré los desnudos que el proyector exhibía sobre la pantalla. Habré estado media hora y los únicos que se me acercaron fueron dos hombres de más de 40 años a los que, educadamente, les dije que por ahora no me quería dedicar a (naaa mentira, se los di a entender).
Después de recorrer varias veces el lugar, me metí en el baño (sí, en todos los cines porno hay uno; imagínense que muchas veces el papel no alcanza) porque la naturaleza me estaba llamando (sí de vez en cuando me llama al celu cuak!). Y cuando salgo, siento dos manos que tocan mi zona pélbica (que raro suena) y empiezan lentamente a desabrochar mis pantalones. Lentamente, me dejo atrapar por esa boca sedienta y esas manos inquietas que jugaban con el resto de mi cuerpo. Suavemente, esa boca terminó en la mía y nuestros besos fueron mucho más apasionados que los que el proyector exhibía en pantalla gigante.
Su cuerpo fue cediendo y dócilmente lo fui haciendo mío. Gemidos y susurros ( qué buen nombre para una película no?) fueron los fieles testigos de nuestro pasional encuentro, ya que cuando “terminamos” el cine quedó totalmente vacío. Lo curioso de todo esto, es que en la pantalla exhibían los títulos finales; por lo cual deduje que “todo” había terminado.
Realmente disfruté esa primera vez en el cine y que cada tanto, me siento en una de esas butacas y no sólo disfruto de la película sino también de sus espectadores.
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