
Ese día me había rateado de la secundaria (leáse clase de gimnasia, prueba de fútbol), por lo tanto tenía la tarde libre para hacer lo que quisiera. Una de las cosas que más me gustaban hacer cuando me rateaba era ir a pasear por los lagos de Palermo (obviamente la cantidad de hombres deportistas justificaban mi erección, perdón mi elección)
Sin pensarlo demasiado, me tomé el 37 y me fui rumbo a los “bosques de mi perdición”. Con la mochila a cuestas, recorrí los bosques escuchando música (léase con walkman, imagínense que era la época de los 90). La mayoría de las personas que habían eran familias, por lo que deduje que en mi rateada no habría nada de ratones (cuak, juego de palabras).
Ya habían pasado más de 3 horas y sinceramente estaba cansado de ver pajaritos (no justamente los que yo quería ver) y árboles; pero bien como dice el dicho “la paciencia es la llave del paraíso” y así fue….el paraíso llegó vestido con short de fútbol y sin remera a la vista, ya que la tenía colgada a la cintura.
Mirada va, mirada viene (aunque en realidad más que miradas fueron corridas entre los árboles) todo resultó mejor de lo que esperaba: el departamento del deportista quedaba en plena avenida Libertador. Un par de tragos sirvieron para que la lujuria se apodere de nuestros cuerpos: el short quedó en el piso, la remera sobre la mesa de luz y los botines fueron testigos de una gran tarde. Una tarde donde no faltaron los besos y las caricias en las partes donde “sólo los valientes llegan” (ja qué poético me salió). Imagínense que tan valiente resultó ser el deportista que terminó encima mío gozando de placer toda la tarde. Me encantaba sentir su cuerpo, escuchar sus gemidos…habrá estado más de media hora cabalgando (qué fino) hasta que de pronto sentí un líquido caer sobre mi cuerpo: (transpiración lógicamente no era). Si efectivamente había sido pis: se ve que el deportista tenía problemas en el aparato urinario (ja sí, soy doctor también) y no se pudo aguantar. Sinceramente, al principio no supe qué hacer, pero la sonrisa de él me convenció para que siguiera como si nada.
Hace un tiempo ya de esta experiencia, y debo admitir que me calentó sentir ese líquido caliente sobre mi piel.
Cabe aclarar que ese año reprobé educación física, ya que todas las tardes en avenida Libertador había un deportista que me esperaba con muchas ganas de que nos bañemos juntos y no justamente con agua.
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