Mirame que me gusta


Me inicié en el exhibicionismo casi por casualidad. O mejor dicho, gracias a un conocido(por no decir un touch and go). ). Eramos vecinos, sólo 10 cuadras nos separaban; eso quiere decir que de vez en cuando venía a pedirme una taza de azúcar, pero yo se lo negaba y le daba a cambio un “buen” vaso de leche (cualquier chiste fácil es bienvenido).

Estuvimos bastante tiempo teniendo relaciones (por no decir que garchábamos como locos) hasta que Lautaro (mi vecino) se puso de novio con Gonzalo, un señor diez años mayor que él. Igualmente, el vínculo seguía intacto, es decir seguíamos siendo amigos pero el derecho a roce se había terminado (yo soy promiscuo pero respetuoso)

Cierta noche, Gonzalo y Lautaro me invitan a cenar. Copa va, copa viene (copacabana se queda acá cuak!), las horas iban pasando. Ya habíamos cenado; era el momento del postre: momento en que cuando uno sobra debe irse a su casa; pero este no era el caso. Entre copa y copa, Lautaro me confiesa que en realidad me habían llamado porque querían cumplir una fantasía. Gonzalo quería solamente masturbarse y ver como Lautaro y yo teníamos relaciones. Con el nivel de alcohol que tenía encima, no me animé a decir que no: además ya hacía varios días que no tenía sexo y el cuerpo ya lo estaba pidiendo (si a veces tengo épocas de sequía).

Empezamos besándonos lentamente en el sillón, mientras Gonzalo nos observaba desde la mesa. Los besos fueron convirtiéndose en caricias, en manos que rozaban los cuerpos, los cuerpos fueron despojándose de la ropa hasta quedar totalmente envueltos en calor y excitación.

Gonzalo se había quedado tan sólo en boxer y sus manos estaban ocupadas meneando de arriba hacia abajo su miembro viril. (que linda manera de decir masturbación je)

Lautaro y yo, ya completamente desnudos disfrutábamos de nuestros cuerpos como nunca antes lo habíamos hecho. En cuatro patas, patas para arriba, de costado: todas las posiciones nos resultaban excitantes: Lautaro disfrutaba ser visto, le gustaba el juego. Gonzalo no podía dejar de mirarnos, y de masturbarse al mismo tiempo.

Debo confesar que en algún punto, a mí también me excitaba (el hecho de ser elegido para tener sexo con una pareja a uno le sube el ego y otras cosas claro esta)

Gran dosis de lenguas, jadeos, mimos (y payasos cuak!) hubo esa noche. Hicimos el amor como 10 horas (con sus respectivos descansos obvio, soy una sex machine pero no para tanto). Gonzalo acabó sólo cuatro veces. En ningún momento se acerco a tocarnos, él hacía de “pasivo” por llamarlo de alguna manera.

La experiencia fue realmente encantandora, disfruté tanto que alguien me mirara, esa adrenalina de saber que en un punto estás haciendo algo para excitar al otro.

Esa fue la última vez que lo vi a Gonzalo, en cambio con Lautaro nos vemos bastante seguido y son varias las noches que hay alguien que nos mira de cerca.

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